
Borja y Pedro Iglesias, Liberio Martínez, Juan Carlos Iglesias y Toni Vázquez. Foto: Ricard Cugat
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Dirección: Lleida, 7. Barcelona.
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Teléfono: 93.325.91.71.
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Precio medio (sin vino): 25-30 euros.
Camino del ‘nirtapa’
Si escuchas a Juan Carlos Iglesias detallar los pluses de Cañota, acabas mareado como un pulpo olímpico en la final de lanzamiento de disco. ¡Cañota Enterprise!
Un canal de tele.
Una lista de canciones en Spotify.
Los tres licores Gilimonges: «Queremos ponerlos a la venta».
Los pocos litros de sangría que elaboran a diario como si fuese un néctar de dioses borrachines.
La clasificación del top tapas: «Son las que gustan a nuestros clientes, recogemos más de 900 votos al mes».
El concurso de cocinillas.
La invitación a un chef para que les ceda la receta de un platillo resultón. Antes de comenzar estaba más exhausto que un maratoniano.
Mi visita tenía como propósito comer la burgerbull (la hamburguesita de rabo de vaca que les ha prestado Dani García) en la Cañota remodelada, renacida como casa de tapes en septiembre del 2011 gracias a los inspirados dibujos de Anna Pujadas que comiquean la fachada.
Pero ante tanto juguete («restaurante de gadgets») permití a los Iglesias Brothers, Juan Carlos, Borja y Pedro, y al cocinero Liberio Martínez que me metieran caña.
Y sí, Cañota es cañera. Hice la misma coña al escribir sobre el bar Cañete.
Sin escandalera, Cañota se ha erigido en una de las mejores taperías de Barcelona.
Ya no oía a Juan Carlos Pequeño Saltamontes hablándome del nirtapa como camino de perfección porque estaba metido en la tremolina del jefe de sala, Toni Vázquez.
Comí demasiado y muy bien y como únicas pegas, la sequedad excesiva de la empanada, lo latoso de la burrata con tomate (un producto de primera, tomate en conserva de Paolo Petrilli) y lo desconcertante de la parra de plástico que perdura de la decoración original.
Para beber, cañas, por supuesto, de Damm.
Gazpacho de cereza con nieve de queso de cabra (transferencia del culé Dani García, al que seguirán Paco Roncero y Arzak).
Anchoas Lolín y croqueta de jamón.
Las patatas bravas: ni las de Arola ni las de Tomàs, tubérculos al caliu y con doble salsa, allioli y picante de Albert Adrià (el adrianismo se nota en el espíritu y en el empuje, aunque no participan en el negocio).
Ahh, los muslitos de codorniz escabechados para dedos cucos.
Obligatoria la cajita de fritos, rebozados con la evanescente fibra de trigo: pulpo, merluza, calamar, gambas.
Claro, la burgerbull (¡vaca!) con queso havarti y rúcula.
Las alitas de pollo servidas en coctelera, alitas a lo James Bond («agitado, no mezclado»), bien impregnadas de picardía o salsa picante.
Cayeron las costillitas de conejo y los tacos de cochinillo con la ayuda de una copa de Domaine de Majas, aunque lo ideal hubiera sido el Luis Cañas. ¡Cañas!
Como postre, la piña con ron y la ruleta rusa de chocolates de Christian Escribà. Atención: lleva bala guindillosa.
Sí, alcancé a ver el nirtapa y canté «om mani padme hum», que traducido significa: «Dame más, más, más».






