Fábrica Moritz

Jordi Vilà, Xavi Ayala, Albert Cano y Ángel Vidaurren, en la Fábrica Moritz. Foto: Martí Fradera

Jordi Vilà, Xavi Ayala, Albert Cano y Ángel Vidaurren, en la Fábrica Moritz. Foto: Martí Fradera

 

  • Dirección: Ronda de Sant Antoni, 41.  Barcelona.
  • Teléfono: 93.426.00.50
  • Precio medio (sin bebida): 20-25 euros.

 

 

El ‘motochef’

 

 

Jordi Vilà es la alternativa menestral y sobre dos ruedas a los jet chefs, la nobleza con asesorías en varios continentes, tipos que desayunan en París y cenan un sándwich club en Dubái.

Jordi es el motochef y la pista de aterrizaje y despegue son las calles de Barcelona y su glamur de tubo de escape.

Arranca en Alkimia, el núcleo; pasa por Vivanda y Velódromo y aparca en la Fábrica Moritz Barcelona (FMB).

Da más vueltas que el concejal de vía pública.

 

Jordi jadea de cansancio, aunque sin rendición, y el discurso es bravo y con mostaza: «Actuamos como pentatletas. No somos los mejores en 100 metros, no somos los mejores en nada, pero competimos en todas las disciplinas».

La carta tiene más artículos que la Constitución. Supera las 150 ofertas comestibles, sin contar los desayunos. «¿Extensa? Es la carta de una cervecería. Abrimos 21 horas al día y empleamos a 70 personas».

 

 

Porque esto es una cervecería aunque tenga el Bar à Vins –la pequeña maravilla que dirige Xavier Ayala y permite paladear vinos a dedo, copa, porrón o botella y pagar a peso, ¡atención al Morgon 2010!–, la tienda recién abierta con los panes de Triticum (¡por fin!), la futura brasserie de la planta baja y la decisión –aún en el aire o en la planta noble– de trasladar Alkimia.

 

Las cifras del complejo gastronómico, con Albert Cano como director de hostelería y Ángel Vidaurren como chef, son apabullante: venden 1.000 tíckets diarios y 2.500 los viernes.

 

No se había visto un éxito así en Barcelona desde la visita del Papa. Si hablamos de patatas –como si el tubérculo fuese la unidad de medida–, los 60.000 kilos que mondan al año servirían para calcular la notoriedad.

 

He cenado media docena de veces en esa tapateca y, pese a las dimensiones a la alemana, el resultado ha sido el premio a la regularidad.

 

Superado el test, quise embarullar a Jordi y le pedí los 10 imprescindibles, sabiendo que le costaría algunos lamentos.

Con una caña de Epidor de barril, sin pasteurizar, fresca como la leche, comenzamos a varear la carta.

 

1/ Cayó la flammkuchen, pizza alsaciana: me hubiera comido hasta el plato, muy buena.

2/ Los calamares a la romana: hay debate, ¿más tersos o menos? A Jordi le gustan así; los prefiero un poco más firmes.

3/ La bomba con carne picada de buey, ¿buey-buey?, «sí, de la cuixa», bien-bien.

4/ Los éclairs (de la carta del Bar à Vins), los pastelitos variados, como de comunión buena, olé el de queso azul y pera.

5/ La escalivada con anchoas: impecable.

6/ La cocotte de coq au vin (del Bar à Vins), invierno en la cazuela.

7/La sopa de cebolla, mejorable, sin sabor.

8/ La quiche, textura de piel joven y láctea.

9/ El gran plato de salchichas con chucrut, ¡quién hubiera dicho que eran tan ricas y asesinas!

Y 10/ La torrija, deliciosa, aunque del tamaño de un Fiat 500.

 

Tras el banquetazo, Jordi cogió la moto. Yo preferí caminar un rato. O rodar.