Luz de Gas Bar

Nicola Drago, José Luis Úbeda y Fede Sardà, en la parte de arriba de Luz de Gas Bar. Foto: Francesc Casals

 

  • Dirección: Bon Pastor, 6 bis. Barcelona.
  • Teléfono: 93.201.73.97.
  • Precio medio (sin vino): 20 euros.

 

 

Bocatas iluminados

 

Las metrópolis buscan identidades y arpones para fijarse y destacar en la papilla colectiva. Puede que Barcelona haya perfeccionado un ítem que en otras capitales se ofrece con rango menor y bulboso: los bocatas y la parentela de lo arropado y prieto.

 

Reúnen los requisitos para ser una alegoría de los tiempos. Entidades completas, reciclables y transportables. Se comen sin cubiertos ni platos y el precio es, incluso los más gravosos y pijeras, razonable.

 

En las ciudades norteamericanas, los bocadillos y su numerosa familia –buns, tacos, dürum, pita, paninos, sándwiches– viajan a bordo de furgonetas y camiones y usan la catapulta de Twitter para alcanzar a los gurmets. Son especialidades en torno a ocho euros.

 

Es una oferta móvil y ambulatoria, la versión moderna y con ruedas cromadas de los carritos de comida callejera. La aportación barcelonesa sigue el camino contrario, indoor y decorado, de local bonito y bien puesto.

Ellos venden exteriores y comensales andarines y, nosotros, interiores y comensales sentados (hamburgueserías aparte, La Pepita, Sagàs, Ohla GB, Fastvínic). Conservemos la poca clase que nos queda. Pelagatos, pero acomodados en lugares majos.

 

El primero en dar techo al emparedado fino en ambiente airoso fue Fede Sardà, copropietario de Luz de Gas, en Oli en un Llum. «Lo abrimos hará unos ocho años. Quería un frankfurt para la gente que venía a los conciertos, pero llegó mi hermano Santi y lo hicimos bonito. Los tiempos cambian y, ante la crisis, innovación. Oli en un Llum había llegado al final».

Apagada la vela, enciende Luz de Gas Bar.

 

Para el reinicio ha buscado la mano culinaria de Carles Abellan, que deja como retén al cocinero Nicola Drago, y la arquitectónica de Juli Capella, que ha diseñado un espacio de sillas desaparejadas para bocadillos alternos.

 

Por las noches, otros platos, los de un dj, y los cócteles con ritmillo de José Antonio Gotarda.

 

Probé tres panes, atendido como un marajá por José Luis Úbeda, mecido en el tinto Susterris (una oferta a copas que debería crecer).

El titulado Entrepà del Fede, una deliciosa guarrada de pa de coca con huevo y jamón. «Siempre dice: ‘Que no falten los huevos con jamón’», desvela José Luis.

 

Los otros dos, el binguero Pepitu de filete de ternera y el banquero McFoie XXL, hamburguesa con fuagrás para untar, son más recomendables que una película de Clint Eastwood.

 

No es posible bocatear sin coberturas adecuadas y los del Gas (¿gas-tronómico?) son de La Torna, Bon Blat y Concept Pa.

Comí más, ya en el reino de la tapa. La booomba de la Barceloneta –¿por qué no la exportamos?–, las anchoas de El Xillu –pasote–, los langostinos con camisa de brick y romesco con albahaca y la croqueta de pollo rustido. Sí, he pecado, he vuelto a la croqueta y esta es fabulosa, sin bechamel tramposa.

 

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